domingo, 6 de noviembre de 2011



LA DIETA

El de la izquierda soy yo este verano. El de la derecha soy yo esta misma noche. El pasado día 3 de Octubre, en vista de que ya no podía ni ponerme los calcetines y que me quedaba sin resuello al subir los doce escalones que separan mi puesto de trabajo del aseo, decidí ponerme a dieta y retomar, aunque fuera esporádicamente,  la costumbre de hacer bicicleta que había abandonado un año antes, cuando me rompí dos costillas en una caída de la misma.
 Me había abandonado totalmente durante más de un año y cuando se me ocurrió pesarme, comprobé horrorizado que de los ochenta y un kilos que pesaba cuando salía con la peña ciclista, había llegado a los noventa y cuatro. No me venía ningún pantalón, las camisetas se me enroscaban alrededor de las lorzas y la barriga no me dejaba verme la minga cuando orinaba. En definitiva, estaba enorme.
  Se acabaron las cervezas para comer, merendar y cenar,  los embutidos y quesos extra grasos, los pasteles de chocolate, los chupitos del almuerzo, el picoteo continuo y todo aquello que me había puesto la cara como un pan de kilo. Tenía que tomar medidas drásticas.
  Los primeros días fueron un suplicio. Acostumbrado a estar sobrealimentado, el tener que comer poco y a unas horas determinadas me hacía soñar con comida a todas horas, despierto y dormido. No podía ver videos de cocina porque me daban ganas de asaltar la nevera del vecino y para colmo decidí, no sé si en un arrebato masoquista, comenzar este blog con todo lo que supone de pensar en comida.
  Poco a poco el ansia se fue serenando y  mi cuerpo se iba acostumbrando a pasar hambre. El estomago, supongo, se fue encogiendo y las frugales cenas me saciaban hasta cierto punto. Comencé a salir en bicicleta (la primera vez estuve a punto de abandonar a los diez minutos) y a hacer estática casi todos los días media hora y a ir andando a todos lados apretando el paso.
 Así, de repente, un día sin darme cuenta me ajusté un agujero más en la correa, las camisetas me iban entrando sin calzador y me pude poner ropa que hacía más de un año que ni me cabía.
 Aún me queda camino por hacer. He perdido tan solo ocho kilos y pico de los quince que gané y en la bici aun me queda por lo menos un mes para empezar a estar a la mitad del nivel que llegué a estar cuando era capaz de meterme 120 kilómetros con los de la peña, pero es un buen comienzo y tan solo el hecho de sentirme ágil (el otro día corrí al menos 500 metros a toda velocidad para coger el autobús) me ha cambiado hasta el humor. Me rio más a menudo y me siento bien por primera vez en casi año y medio.
 Si queréis un consejo: no lo dudéis, vale la pena estar mínimamente en forma y llevar una vida moderadamente saludable (sigo tomándome mis cañitas los findes y algún que otro vinito los domingos),  a mí me cambia la vida y, cuando como yo se ha pasado de los cincuenta, tiene uno que cuidarse si quiere disfrutar de la jubilación cuando esta llegue.

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